Archivado en: Uncategorized
No tenía que haberme comío la caracola…
Lao Tse

Esta es la frase que, en teoría, describe lo que deberían hacer las ONG, o lo que ellas mismas cuentan a sus voluntarios y trabajadores que deberían hacer.
Siguiendo el hilo de la pesca (por cierto, hace tiempo que no voy a pescar), recuerdo un relato que siempre me pareció mucho más ilustrativo para describir su actuación:
Un pescador se encuentra pescando en un río. De repente ve a un hombre moribundo flotando río abajo. El pescador se lanza al río y lo arrastra hasta la orilla, donde consigue reanimarlo justo a tiempo para ver como otra persona es arrastrada río abajo en similares condiciones. El pescador repite la operación, pero siguen bajando personas moribundas sin cesar.
El relato plantea la paradoja en torno a cuál sería el mejor curso de acción para el pescador, que puede seguir sacando personas del río indefinidamente, o puede decidirse a subir río arriba para ver qué demonios está produciendo esa situación e intentar parar la fuente del problema. Por supuesto esto significa que los cuerpos seguirían bajando y no serían atendidos por nadie, por lo que se perdería vidas que podrían ser salvadas.
Cuando leí este relato me pareció una defensa bastante descarada de la postura apolítica que muchas ONG dicen mantener. En primer lugar, la disyuntiva que se plantea es una trampa, ya que una organización puede permitirse actuar en más frentes que un pescador solitario. Es como las teorías de juegos que tratan de explicar el comportamiento humano en base a un modelo de “homo economicus”. Nunca tienen en cuenta la compleja realidad y todas sus variables en estos modelos, reducidos a un juego de pocas opciones cerradas. Resumiendo, dos pescadores juntos podrían tomar los dos cursos de acción a priori incompatibles: uno sube el río y el otro se queda salvando gente.
Qué pasa con las ONG, pues que al pescador de la historia le llega el tipo que está tirando gente al río y le dice: “Oye, estaba teniendo problemas con los desgraciados estos porque no querían ser arrojados al río, pero desde que estás tu salvándolos se lo toman mucho mejor y ofrecen menos resistencia. Incluso me han comentando que lo justo sería que parte del dinero que les quito antes de arrojarlos debería dártelo a ti por tus servicios. Es un negocio donde ganamos todos: yo les quito el dinero y los arrojo al río, y tú los salvas de la muerte para que el proceso se pueda repetir.”Al pescador se le presenta la posibilidad de ganar dinero, de vivir a costa de los semi-ahogados y dice que sí, que a él siempre le gustó ayudar y el asunto este de la caridad queda muy bonito como profesión. Por supuesto, a partir de entonces no volverá a plantearse el subir río arriba a parar el flujo de víctimas.
Esto parece un “mal hábito”, pero puede ser mucho peor ¿Cómo? Volviendo a la frase de Lao Tse (chino de nacimiento), las ONG pueden decidir que enseñar a pescar les cierra el chiringuito, que es mucho más práctico para sus intereses vender pescado a precios subvencionados.
Esto es precisamente lo que pretende hacer UNICEF. La ONG se encuentra inmersa en una campaña para que todos apoyemos la brillante idea de los alimentos terapéuticos. No, los alimentos terapéuticos no son ni el ajo crudo ni el apio cocido ni ninguna de las hierbas de la botica de Txumari. Resulta que se han dado cuenta de que la mayor parte de los muertos y enfermos a los que atienden, mueren o enferman por falta de alimentos. Y claro, es mucho mejor convertir la comida en una medicina que ayudarles a proveerse su propia comida como ha hecho toda sociedad humana a lo largo de la Historia.

Las consecuencias de esto son diversas. La que señalará todo ultraliberal, de esos pocos que se creen su propio cuento, es la desincentivación para la producción de comida a nivel local. Que UNICEF reparta comida como quien hace una campaña de vacunación hará sin duda que bajen los precios de los alimentos producidos localmente para el consumo de la población. Probablemente los precios sean ya irrisorios y un campesino no pueda competir contra un producto que se vende como la panacea de la alimentación, como una medicina que cura todos tus males, y además es “gratis”. Y hablo de comida encaminada al consumo local porque las exportaciones de las empresas extranjeras allí afincadas seguirán produciendo (como siempre para el consumo externo), y más ahora que sus trabajadores reciben un tratamiento alimenticio.
Pero, esto ya pasaba antes de que se “inventaran” los alimentos terapéuticos. La “ayuda humanitaria” en forma de grandes sacos de arroz y otros cereales siempre ha existido. ¿Qué ha cambiado? El principal cambio es que los alimentos terapéuticos están listos para ser consumidos, es decir, no necesitan de condiciones idóneas para su consumo, con lo que nos ahorramos tener que cocinarlos. Esto implica una reducción en la tarea de la ONG, que ya no debe dotar de recursos suficientes al grupo en el que actúa, como energía para cocer agua y fogones para hacerlo por ejemplo.
Los alimentos terapéuticos están especialmente dirigidos a los niños ya que estos no podían ser atendidos adecuadamente en centros hospitalarios. Así que nada, en lugar de mejorar la infraestructura sanitaria, alimentos terapéuticos. Además muchos niños abandonaban sus tratamientos antes de tiempo porque sus familias necesitaban de su fuerza de trabajo. Solución, llévate unos sobres de Plumpy´nut para casa y a seguir currando “como un negro”.
Por otro lado, la medicina es una de esas disciplinas que impone un respeto casi religioso en casi todo el mundo. Al cura no le hace caso nadie ya, al médico en cambio… El médico significa ciencia, las medicinas son el progreso, y en sociedades donde muchos medicamentos simples obran verdaderos “milagros”, que la comida sea entregada como una medicina la convierte en algo incuestionable. Esas barritas siempre van a ser mejor que cualquier alimento que puedan conseguir de forma local, ya que representan el “progreso”. Esto me recuerda bastante a como Nestlé hacía campaña de su leche infantil en regiones empobrecidas. Les hacía creer que la leche en polvo era mejor que la lactancia ya que las madres estaban malnutridas y enfermas. Por supuesto, ni palabra de los beneficios de la leche materna para el recién nacido. Y lo peor de todo, los niños acababan muriendo por cólicos y diarreas debido a que el agua con el que se preparaba la leche no podía ser hervida por falta de combustible. Total, familias pobres aún más pobres debido al esfuerzo para pagar la leche y el combustible y los niños muertos.
Volviendo al asunto religioso, se me ocurre que vincular la necesidad más básica del ser humano, la de alimentarse, con una ideología dominante, la ciencia casi como religión, y dejarlo todo en manos de una ONG es un combinado realmente peligroso.
Así que veamos. Se produce una crisis alimentaria en un país (probablemente consecuencia de algún conflicto provocado o incitado por algún amigable país primermundista). El país pide ayuda de todas las formas posibles, ayuda humanitaria, préstamos al FMI y le reza unos avemarías a la virgen de Candelaria. La “ayuda” llega a cambio de la desregularización laboral, la privatización generalizada de los bienes públicos y la destrucción de los sistemas sociales (imperativo del FMI para ser receptor de un préstamo). La estructura productiva cambia radicalmente, ya que las empresas extranjeras ven la posibilidad de esquilmar un nuevo mercado desregulado. Finalmente llegan las ONG para intentar mantener el negocio a flote por el tiempo que puedan (sin trabajadores vivos no hay beneficios) con sus medicinas, su comida en sobres y su halo de santidad.
Nuestro pescador de río, al darse cuenta de que la mayoría de las víctimas padecían de asfixia por inmersión (muy perspicaz él) al llegar a su puesto de salvamento, se puso de acuerdo con el ladrón de río arriba, que creó una fábrica de bombonas de oxígeno. Las botellas se las vendía el pescador a los ahogados para su pronta recuperación, pero, al no tener dinero (les acababan de robar), se les permitía pagar en cómodos plazos con unos insignificantes intereses. Para poder pagarlas, a los rescatados no les quedaba otra que trabajar en la fábrica de bombonas del ladrón. Y patatín, patatán, otro ahogado va a pasar.